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#Opinión | Hasta Pronto Don Goyo Bundio

Washington, DC | Marzo 9 | Jorge Clará – @JorgeClara

Muy pocas veces escribo una columna por que escribir no es lo mío y la prudencia me ha evitado más de una vez hacer el ridículo.

Pero hoy, mi corazón y mi agradecimiento hacia don Goyo Bundio puede más que todo y hacerla es una obligación moral y una forma más fácil de desahogar un dolor que solo entiende aquel que haya pasado tiempo al lado de un gran ser humano como él.

De vista lo conocí desde hace años y, para los que siempre estuvimos cercanos al fútbol como aficionados, era imposible no escuchar de su pasado glorioso, sobre todo cuando fue técnico de El Salvador, pero sobre eso todas las campanas de las iglesias deportivas repican a todo volumen ahora y yo no aportaría nada nuevo de él.

Yo quiero hablar de don Goyo Bundio de otra forma, de aquel con el que yo conviví y tengo propiedad para describir.

Ese que se paseaba de oficina en oficina en la Tropical, que para todos tenía un chiste nuevo, el que se conducía en un auto Volkswagen blanco y que cuando salía del trabajo manejaba con la mano izquierda por que la derecha la usaba para despedirse de medio mundo.

Ese fue el Goyo Bundio que yo conocí.

Un día me llamó y me dijo: “¿Qué hacés, querido? (luego aprendí que ese saludo era su sello de identidad) Vamos a trabajar juntos. Y no quiero que te llamen utilero, serás el ‘utility’”. Admito que ese momento no le entendí, pero le dije que sí, y desde entonces recibir sus llamadas continuamente era algo normal, casi un culto para mí.

En esas llamadas me preguntaba cosas variadas, desde si ya tenía el agua y el jugo para los chicos (jugadores) hasta si yo sabía por qué andaba triste algún jugador.

Don Goyo era el único que entraba a la oficina de don Ernesto Sol Meza sin necesidad de tener una cita y siempre usaba sus minutos con él para hablar del equipo y procurar que el jefe de jefes fuera a visitar a los “chicos”.

Los jugadores lo querían porque mientras él estuvo con nosotros en el equipo, todos estaban al día, solo él sabía cómo hacer aparecer el dinero que pagara hasta tres meses de atraso en una semana.

Juguetón, llegaba a entrenar con una camiseta azul abierta que exhibía su velludo pecho ya canoso, una calzoneta blanca bien pegada, de esas de antes, y unas medias de tela de toalla que hacía que sus gemelos se vieran más prominentes.

En el clásico rondo antes de cada práctica le decía al jugador más cercano: “tirámela rodadita” y le hacía un toque a la pelota de manera que el giraba 360 grados y se encontraba de nuevo su pie. Luego explicaba: cuando llegué a El Salvador, con esta jugada los mataba pero luego me la descifraron y no me salió más.

Una vez, me llamó a su oficina y me dijo: “ya sé que tenés cuatro hijos, más tu esposa y vos son seis, con lo que ganas no te alcanza, te voy a subir el sueldo”. Yo no sabía qué decir, y de alegría casi lloré, entonces me puso la mano al hombro y me dijo: “te llamé solo para darte la noticia, pero andate a trabajar ya, mirá que ahora ganas más, tenés que rendir más”.

Lo vi sacarse dinero y darlo a los jugadores que ganaban menos, le encantaba hacer asados y te preguntaba: “¿ché, querido, probaste el chimichurri? Lo hice yo.

Si pudiera escribir todas las anécdotas que viví al lado de don Goyo Bundio saldrían muchos libros, que con seguridad serían el deleite de chicos y grandes. Él sabía que los dirigentes no le daban el valor que el tenía, y me hablaba sobre fútbol, de cómo se proyectaba este deporte con respecto a lo que él había vivido.

Le gustaba trabajar con canteras, pero no lo apoyaban, y soñaba con ver a los equipos como clubes.

Se nos fue don Goyo Bundio, me duele no haber podido hablar con él una última vez, pero con toda seguridad, un día yo partiré también y será fácil encontrarlo allá arriba.  Lo seguiré por el olor de sus asados o por las risas de los que lo estén escuchando o talvez a la orilla de una cancha de fútbol gritando.

En fin, hasta pronto don Goyo, gracias por enseñarme que el fútbol es más que ganar, empatar o perder, que el fútbol dura más de 90 minutos y que es para hacer amigos. ¡Ah!, y le cuento, que ya sé qué es “utility”.